jueves, 9 de julio de 2009

Alegría



Ari, una pequeña diabla roja, Clarita, una oveja chiquitina y Alegría, blanca como la nieve sobre el verdor del césped. Mi hija Clarita llegó el otro día a casa con la noticia que Alegría se había muerto. Al parecer no soportó a tanto duende jugar con ella, pienso yo, aunque la versión que hoy tuve es que la abuelita de la guardería le dio una fruta sucia del basurero y por eso Alegría se murió.
Yo como madre llena de amor y aprendiz totalmente en estas cosas de la vida, me enfrenté por primera vez a un tema muy complicado con mi Clarita. Hubiera querido que jamás Alegría deje este mundo, quisiera quitar todo tipo de tristeza del camino, es más quisiera construir un mundo lleno de felicidad para todo niño o niña que habite el universo. Le he dicho que vendrá otra conejita Alegría a su escuelita y ella con sus ojos de luna llena me ha mirado y me ha sonreído. Donde quiera que estés alegría no dejes de existir nunca...

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